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Naufragios y Regresos

mis amigos

El valor de la amistad.

Este año que se inaugura me ha traido una oportunidad como pocas, hace un año conocí a una persona maravillosa, mi Violeta de Armilla, y tras dicho período de tiempo y de vicisitudes varias nuestra amistad ha demostrado ser fuerte como un roble. Cada día me demuestra que merece la pena seguir adelante, ser feliz, vivir y luchar por tantas cosas... Esta amistad me da la oportunidad de crecer un poco más como persona, me siento feliz ante un momento tan especial en mi vida... Lo que quiero decir es que os invito a todos a vivir el maravilloso mundo de los sentimientos sin pretextos, sin prejuicios y sin miedos, con sinceridad y sencillez. Realizaos mediante la amistad, el amor y los sentimientos en general.
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Un sábado inmejorable.

En un pueblo cerca de Granada de cuyo nombre no quiero acordarme, aconteció que dos doncellas y un joven caballero decidieron pasar el día juntos. Junto a un estanque de aguas cristalinas y bajo un sol, que calor desprendía, pero gracias al afable viento más soportable. Bajo un toldo de agradecida sombra repasaban una y otra vez sus lecciones las doncellas y el caballero. Llegó, cual inesperado, el medio día y se decidieron a compartir una comida; apetitosas carnes cocinadas a la brasa desprendían gratos olores al olfato. La doncella, anfitriona del encuentro, puso la bien acogida mesa por los comensales. Los tres se deleitaron con tan suculentos manjares, que semejábanse a néctar y ambrosía de los olímpicos dioses. Aladas palabras intercambiaban las doncellas y el caballero entre humos del tabaco y risas. Acostose el caballero a dormir la necesitada siesta, que repone las fuerzas y calma el ánimo. Las dos doncellas se tumbaron junto a él mientras se intercambiaban pellizcos, caricias y se provocaban compulsivas risas, motivadas por las cosquillas. En un amable lecho bajo un cerezo, cuyos frutos habían sido devorados por los pájaros. Pronto ellas se marcharon a seguir curtiéndose en compañía de los trovadores provenzales, objeto de su estudio. Las doncellas desperaron al caballero derramando agua, que caía de sus cuerpos, pues se habían bañado en agradable estanque, sobre sus morena espalda y él terminó por despertar. Para conseguir despejarse del todo el caballero se sumergió en el estanque y al salir se secó con el gran paño, que había portado junto a su orilla para tal fin. Luego se entregaron de nuevo al estudio entre risas e interrupciones. Finalmente se decidieron a cenar, pues aún quedaba carne del medio día lista para ser cocinada. Y tras esto recogieron sus enseres y volvieron a la hermosa capital, exhaustos de tan bien aprovechado día.

P.D. Flordeneu, más vale tarde que nunca.
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